miércoles

Esto no va a demorar en lograr su cometido, escondida como si algo me hubiese asustado, encuentro cobijo en un nido desordenado. Los espacios no besan en la frente. El silencio nos provoca escalofríos. La suerte del movimiento se mezcla y resulta una trenza. Entre la fiebre y el cristal, me veo siempre elegir la respuesta incorrecta, pero me hayo incapaz de evitar que me incline hacia ella. Sería simple que la noche se enferme de símbolos, entregarme a tus gritos desgarrados y beber la sangre que brota de mis mordidas en tu muñeca. Mis pasos recorren los caminos viejos, la mirada lastimosa de una pequeña niña que no soporta más ver llover. Una antorcha prende la hoguera, y suelo ver, entre las llamas, ese rostro tan conocido. El tiempo marea, juega a reirse con sus amigos. Yo, ahora debo volver a mentir, esconder, ocultar los restos de las cenizas. Yo, ahora volveré, simplemente, a abrazar el suelo, a vomitar esta espina en mi garganta, a perder el control. Sin embargo, se vuelve imposible recordar el último instante en que los bailes persistían, los pianos jugaban a las escondidas con los pájaros de mi cabeza, la última vez que, escondida, encontré mis manos sobre mis piernas, tranquilas, sin necesidad de lanzarse al vacío. Hoy, tengo menos miedo de bailar al borde del abismo, debe ser porque el viaje se hace largo y el retorno cada vez más lejano. El barco en el que me encuentro no busca tierra, si no un mar más infinito que las lineas de mi nuca. De esta manera, continuo embarcada en esta tormenta cálida y dulce, que a pesar de esto no deja de ser tormenta. No creo ya en esa belleza, no creo en tus promesas de virtud, tampoco en cuando me pides que te golpee contra el cemento. Bajamos lentamente esta escalera, tan lento que podemos sentir cada escalón y lo que nos dice. Nos culpan de tantas cosas que hemos hecho: las palabras que no suenan igual que antes, los besos que se escapan, las llamadas del remordimiento y los llantos que no tienen ya objeto. El sol de la mañana ya no me saluda. Soy la pantalla opaca, el cuchillo que corta las manos siamesas. Soy eso que se me está escapando de las manos. Me he convertido, nuevamente, en el veneno de todos sus vasos.

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